Mi vida en capítulos: reflexiones desde mis experiencias...
El eco de mi infancia
Hay mañanas en que un simple rayo de sol me devuelve a Carabayllo. Veo la calle polvorienta, los juegos improvisados y el bullicio de una casa con ocho hijas, donde yo era la mayor. Entre el cuidado de mis hermanas y las tareas del colegio, mi vida estaba llena de pequeñas carreras: unas para llegar a tiempo, otras para cumplir con todo lo que sentía que debía hacer.
Pero lo que más me gustaba eran las carreras de verdad, las de 5k, donde podía sentir el viento en la cara (por la av. Arequipa) y olvidar por un momento el peso de los avatares de la vida. El colegio Isabel la Católica fue mi segundo hogar. Ahí descubrí que el cuerpo también guarda memorias: el sonido de mis pasos golpeando el piso en las prácticas de karate, la respiración acelerada en la recta final de una competencia, la sonrisa de mis compañeras y profesoras celebrando juntas.
Hoy, cuando recuerdo esos días, entiendo que en ellos aprendí algo más que técnicas de defensa o resistencia física. Aprendí que podía ser fuerte y libre, que había un espacio en la vida para esta chica que corría, peleaba y reía sin miedo. Ese eco sigue conmigo.
Lo que el silencio guardó
En mi adolescencia, el dojo era más que un lugar de entrenamiento. Era un refugio. Entre el sonido seco de los golpes y el olor a tatami, aprendí que la disciplina no solo se mide en fuerza, sino también en paciencia.
Trabajaba como ayudante de mi maestro de karate, ordenando, asistiendo en las clases, cuidando que todo estuviera listo antes de que llegaran los alumnos. Después entrenaba, competía, y a veces volvía a casa con una medalla colgando del cuello. Esas medallas no eran solo trofeos; eran becas, oportunidades para seguir estudiando sin que el peso económico fuera una barrera imposible.
Pero no todo se decía. Guardaba para mí el cansancio de los días interminables, la presión de querer rendir siempre al máximo, el miedo a no estar a la altura. Aprendí a sonreír incluso cuando las piernas me temblaban después de un combate, porque había algo más grande que mi propio agotamiento: el sueño de seguir adelante.
Años después, ese mismo silencio me acompañó en la universidad, mientras estudiaba Psicología. No contaba lo difícil que era llegar a clases después de entrenar, o las veces que me sentía al borde de rendirme.
Hoy entiendo que no todo silencio es vacío. Algunos guardan la fuerza que no sabíamos que teníamos. El mío guardó la certeza de que cada golpe, cada madrugada y cada competencia me estaban entrenando para mucho más que el tatami. Me estaban entrenando para la vida.
Entre libros y tatamis
La universidad abrió un mundo distinto al dojo. Donde antes contaba golpes y medallas, ahora contaba teorías, experimentos y páginas llenas de nombres que al principio parecían imposibles de recordar.
Pero nunca dejé el tatami. El karate seguía siendo un hilo que me conectaba con la disciplina que había aprendido desde niña, con el sudor que me recordaba que el esfuerzo trae sus recompensas. Las competencias se mezclaban con exámenes, las becas deportivas con trabajos académicos, y yo aprendí a equilibrar dos mundos que parecían paralelos pero que, en realidad, se sostenían uno al otro.
Entre libros y tatamis descubrí algo esencial: la paciencia y la perseverancia no son solo habilidades físicas, también son herramientas para entender y acompañar a otros, algo que me preparaba para la Psicología. Cada práctica, cada entrenamiento, cada error en un combate me enseñaba sobre límites, resiliencia y autocuidado, y cada clase universitaria me enseñaba sobre las emociones, la mente y cómo ayudar a quienes buscan encontrar su camino.
Hoy, cuando miro atrás, veo que esos años no fueron solo un puente entre adolescencia y adultez. Fueron un laboratorio de vida.
El milagro de tus ojos
Ser madre cambió mi mundo de una manera que nunca hubiera imaginado. La primera vez que tuve a mi hija en mis brazos, sentí que todas las carreras, las medallas, los libros y los días de lucha habían tenido un propósito silencioso: prepararme para este instante.
Su respiración diminuta, sus manos pequeñas aferrándose a mi dedo, me recordaron que la vida se mide también en momentos que no se pueden planear ni anticipar. Cada día desde entonces ha sido un aprendizaje constante: aprender a cuidar, a soltar, a ser firme sin dejar de ser amorosa, a equilibrar mi vida con la de alguien que depende completamente de mí.
La maternidad también me hizo mirar mi propia infancia con otros ojos. Comprendí las noches largas, las risas y los silencios de mi familia, y cómo cada gesto de amor, aunque a veces imperceptible, deja huella.
Hoy, cuando veo a mi hija reír o dar sus primeros pasos, siento que la vida me ofrece la oportunidad de repetir lo mejor de lo que fui y, al mismo tiempo, de aprender nuevas formas de ser.
Equilibrio en movimiento
Durante esos años, mi vida se movía entre mundos distintos pero conectados: la docencia, el cuidado de mi hija y el tatami del dojo. Enseñar cursos de desarrollo personal y liderazgo me permitió transmitir herramientas para que otros crezcan, mientras yo misma aprendía a ser paciente, organizada y resiliente.
Al mismo tiempo, seguir siendo instructora de karate no solo mantenía mi cuerpo activo, sino también mi mente enfocada. Cada golpe, cada entrenamiento, era un recordatorio de que la disciplina y la pasión no se abandonan, sino que se integran a la vida diaria.
Ser madre y profesional al mismo tiempo fue un desafío constante. Había días en los que parecía imposible cumplir con todo, pero también descubrí que la fuerza no es sólo física: es la capacidad de sostener múltiples roles sin perder la esencia de quién eres.
Aprendí a celebrar los pequeños logros, a escuchar mis límites y a enseñarle a mi hija, con el ejemplo, que la vida es un equilibrio entre entrega y autocuidado, entre sueños personales y responsabilidades.
Nuevos horizontes
La pandemia nos obligó a detenernos y a mirar nuestra vida con más atención. Lo que antes parecía cotidiano —el trabajo, la rutina, los viajes al dojo— se transformó en un espacio limitado, virtual, donde el mundo parecía más pequeño y a la vez más incierto.
Empecé a investigar, a organizar mis proyectos de manera remota, y a replantear lo que realmente era esencial para mí y para mi hija. Fueron meses de reflexión profunda, de mirar hacia adentro y preguntarnos qué queríamos construir en los próximos años.
La decisión de salir de nuestro país no fue fácil. Dejar Lima, los recuerdos, la familia y la historia que habíamos tejido significaba dar un salto hacia lo desconocido. Pero, después de largas conversaciones y evaluaciones, decidimos juntas que necesitábamos un nuevo horizonte: Madrid.
Llegar a España fue un renacer. Todo era diferente: calles, idioma, costumbres. Pero también fue un recordatorio de nuestra fuerza y resiliencia. Aprendimos a reconstruir nuestra rutina, a integrar nuestro pasado con este nuevo presente, y a valorar aún más la posibilidad de elegir nuestro camino, incluso después de los 50, incluso con una hija adulta a nuestro lado.
Hoy, cada día en Madrid es un ejercicio de adaptación, de curiosidad y de aprendizaje. La pandemia nos enseñó que la vida puede cambiar en un instante, pero también nos mostró que la reflexión y la valentía nos permiten transformar los desafíos en oportunidades.
Aprender, enseñar, seguir
Hoy, mi vida profesional tomó un rumbo que combina cuidado, conocimiento y enseñanza. Trabajo como profesional sociosanitaria, acompañando a quienes más lo necesitan, aplicando toda la paciencia, empatía y disciplina que he ido cultivando desde niña.
Pero no me detengo allí. El reconocimiento de la equivalencia de mis estudios de Psicología aquí en España me abrió puertas que hace años ni siquiera imaginaba, y me recordó que los caminos recorridos nunca se pierden, solo se transforman.
Cada atención, ayuda que doy, cada persona a la que acompaño, es un reflejo de todas las etapas de mi vida: la niña de Carabayllo que corría por las calles polvorientas, la adolescente que entrenaba y competía con disciplina, la madre que aprendió a equilibrar amor y enseñanza, y la profesional que nunca deja de aprender.
Hoy sé que enseñar no es solo transmitir conocimientos, sino compartir experiencias y acompañar procesos. Y mientras me preparo para esta nueva etapa , siento que la vida, con sus desafíos y cambios, me ha ido preparando para ser exactamente quien necesitaba ser: alguien capaz de aprender, de enseñar y de seguir adelante, siempre con pasión y dedicación.
Seis décadas de vida
Mi historia no es perfecta, ni lineal, ni siempre fácil. Pero es mía, tejida con hilos de esfuerzo, disciplina, amor y resiliencia. Cada etapa, desde Carabayllo hasta Madrid, desde el dojo hasta la universidad, desde la maternidad hasta mi vida profesional, me enseñó que crecer es aprender a soltar, a sostener, a amar y a seguir adelante, siempre con la certeza de que cada experiencia nos forma y nos prepara para lo que viene.
Hoy abrazo mis 60 años con gratitud, consciente de que aún hay caminos por recorrer, aprendizajes por descubrir y momentos que aún esperan ser vividos. Y sé que, pase lo que pase, llevaré siempre conmigo el eco de mis pasos, mis golpes de karate, mis libros y, sobre todo, los abrazos que hicieron que cada etapa de mi vida valiera la pena.







Que hermosa historia , reflexión .. me encantó .. q Dios la bendiga 100pre y q sigas siendo luz para el mundo como tú nombre tía lucesita .. quien la lea pensará q es una historia más pero no, es una novela vivida y real ..
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